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Antiguo Relicario de Plata con Reliquias de Fundadores Jesuitas, siglo XIX-XX |
Referencia: AR-E-564
Precioso relicario antiguo, de finales del siglo XIX o principios del XX, realizado en filigrana de plata y concebido como pieza de mesa, con una silueta que recuerda claramente a los pequeños ostensorios o custodias devocionales. Es un relicario de líneas muy airosas y ligeras, pero al mismo tiempo con una presencia magnífica, gracias a la riqueza del trabajo de filigrana y al bello equilibrio entre la base, el astil y la gran orla circular superior. Toda la pieza transmite ese encanto tan especial de la platería religiosa más delicada.
La base es ancha y estable, abierta como un abanico de filigrana, con un borde sogueado que remata muy bien el conjunto. El astil, esbelto y también calado, enlaza con la parte superior mediante roleos muy elegantes que dan movimiento a la pieza sin recargarla. La gran orla circular está formada por un marco exterior de filigrana menuda y regular, dentro del cual se desarrolla una cruz de brazos anchos, igualmente trabajada con hilos de plata y pequeños motivos florales. El remate superior lo forma una pequeña cruz que cierra la composición con gracia y ligereza.
En el centro aparece el viril con las reliquias, protegido en su anverso por cristal. La presentación interior resulta especialmente atractiva, con fondo textil, pequeños elementos ornamentales y dos reliquias identificadas por sus correspondientes cartelas. Una de ellas puede leerse como S. Ignatii de Loyola, es decir, San Ignacio de Loyola. La otra parece corresponder a S. Francisci Xavierii, abreviatura latina de San Francisco Javier. La asociación de ambas reliquias resulta muy interesante, al tratarse del fundador de la Compañía de Jesús y de uno de sus compañeros más célebres y universales.
San Ignacio de Loyola y San Francisco Javier son dos de las figuras más importantes de la espiritualidad católica del siglo XVI y de la Compañía de Jesús. Ignacio, antiguo militar convertido tras su herida en Pamplona, fundó la orden jesuita y dejó una profunda huella con sus Ejercicios Espirituales. Francisco Javier, uno de sus primeros compañeros, llevó la misión cristiana hasta la India, el sudeste asiático y Japón, convirtiéndose en uno de los grandes santos misioneros de la Iglesia. Ambos fueron canonizados en 1622 y representan la fuerza espiritual, intelectual y evangelizadora del mundo jesuita.
La tapa trasera puede retirarse para acceder al reverso del viril, donde se conserva el sello de lacre y los hilos de sujeción. Ese detalle refuerza de forma muy importante el interés devocional y material de la pieza, porque muestra una reliquia certificada y sellada. Conviene señalar, no obstante, que aunque la tapa se desmonta, la reliquia no puede extraerse libremente del relicario, ya que los propios hilos de sellado la mantienen unida al conjunto. El estado de conservación es muy bueno. La pieza parece haber sido originalmente plata dorada o parcialmente dorada, hoy muy desgastada, de modo que presenta un tono predominantemente plateado con un ligero matiz amarillento muy agradable.
Un relicario muy especial, no solo por la belleza ligera de su filigrana de plata, sino por la fuerza espiritual de las reliquias que conserva. La presencia conjunta de San Ignacio de Loyola y San Francisco Javier le da un significado profundamente jesuita, ideal para quien busque una pieza antigua con verdadero contenido devocional, belleza y sentido religioso.
Medidas: Altura total: 16 cm (6.30 in). Diámetro de la parte superior: 8,5 cm (3.35 in). Diámetro de la base: 5,2 cm (2.05 in).
Historia de San Ignacio de Loyola y San Francisco Javier
San Ignacio de Loyola (1491-1556), nacido en Azpeitia, en el País Vasco, pertenecía a una familia noble y pasó su juventud como hombre de armas y cortesano al servicio de distintos señores. Educado en el ideal caballeresco de su tiempo, llevó durante años una vida militar y mundana, marcada por el gusto por las armas, el honor y la vida de corte.
Su participación en la defensa de Pamplona frente a las tropas francesas en 1521 cambió radicalmente su destino. Durante el asedio, una bala de cañón le hirió gravemente en la pierna derecha y dañó también la otra, obligándolo a una larga y dolorosa convalecencia en el castillo familiar de Loyola. Allí, al no disponer de novelas de caballerías, leyó obras religiosas como la Vida de Cristo y relatos de santos, experiencia que provocó en él una profunda conversión interior.
A partir de entonces abandonó progresivamente la vida militar y orientó toda su existencia hacia la búsqueda espiritual y el servicio de la Iglesia. Tras años de peregrinación, estudio y discernimiento, desarrolló los Ejercicios Espirituales, una de las obras fundamentales de la espiritualidad cristiana. Más tarde, junto con sus primeros compañeros, entre ellos San Francisco Javier y Pedro Fabro, fundó en 1540 la Compañía de Jesús, aprobada por el papa Paulo III.
San Ignacio murió en Roma en 1556. Fue canonizado en 1622 y su figura continúa siendo esencial para la espiritualidad jesuita y para una parte muy importante de la vida intelectual, educativa y misionera de la Iglesia católica moderna.
San Francisco Javier (1506-1552), natural de Navarra y nacido en el castillo de Javier, pertenecía a una familia noble y realizó sus estudios en la Universidad de París, donde conoció a Ignacio de Loyola y se unió al grupo de compañeros que acabaría fundando la Compañía de Jesús. Inicialmente orientado hacia una carrera académica, la influencia espiritual de Ignacio transformó profundamente su vida y lo llevó a dedicarse plenamente a la misión evangelizadora.
Tras la aprobación de la orden jesuita en 1540, fue enviado hacia Oriente y desarrolló una actividad misionera extraordinaria en la India portuguesa y en diversos territorios de Asia. Recorrió enormes distancias predicando y organizando comunidades cristianas en Goa, Malaca y las islas Molucas, convirtiéndose en una de las grandes figuras de la expansión misionera católica del siglo XVI.
En 1549 llegó a Japón, siendo uno de los primeros misioneros cristianos en entrar en el país, y mostró una notable capacidad para adaptarse a las culturas locales. Su gran objetivo final era introducir el cristianismo en China, pero murió en 1552 en la isla de Shangchuan, frente a las costas chinas, mientras esperaba autorización para entrar en el imperio.
Su fama de santidad quedó ligada a ese celo misionero incansable y a su papel como modelo de evangelización en tierras lejanas. Fue canonizado también en 1622 y más tarde proclamado patrono de las misiones y de la evangelización católica.
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Precio : 900 €
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