Antiguo óleo sobre tabla. Cristo coronado, España, escuela Sevillana c. 1650-1680

 


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    Antiguo óleo sevillano, ca. 1650-1680    
     

Antiguo óleo sobre tabla. Cristo Coronado, España, escuela Sevillana 1650-1680


Referencia: AT-E-408



Esta conmovedora representación de Cristo coronado de espinas, sentado y con las manos aún atadas tras la flagelación, no es solo una imagen religiosa: es un retrato del dolor humano asumido con serena dignidad. Ejecutada hacia 1650-1680, esta pintura sobre tabla se inscribe de lleno en el clima devocional que caracterizó a la escuela sevillana del siglo XVII, pero lo hace desde una intimidad silenciosa, con una espiritualidad que parece susurrada, destinada a conmover el alma más que a impresionar la vista.

Cristo aparece aquí no como un mártir ensangrentado, sino como un ser profundamente humano. Su cuerpo herido está bañado por una luz rasante que acaricia los volúmenes con compasión. La cabeza inclinada, la mirada baja y la caña que sostiene como un cetro de burla expresan una aceptación serena del sufrimiento. Es una imagen de humildad absoluta, de paciencia infinita. El espectador no es interpelado directamente; al contrario, se le invita al recogimiento, a un espacio emocional donde la contemplación sustituye al juicio. Este Cristo no pide, simplemente espera.

La obra, anónima, fue probablemente realizada en un taller sevillano activo en la segunda mitad del siglo XVII, y su autor, aunque desconocido, demuestra una sólida formación técnica. La pincelada es refinada, el tratamiento de la luz revela una sensibilidad especial, y el dominio del claroscuro sitúa al artista en la órbita de los grandes maestros de la época, como Juan del Castillo o incluso el joven Murillo. El contraste entre la piel cetrina, trabajada con delicadas veladuras gris verdosas y toques azulados, y el rojo profundo del manto, aterciopelado gracias al uso de glaseados de laca de cochinilla sobre base de bermellón, aporta a la escena una fuerza contenida, emocional, sin caer en el exceso teatral.

La composición es sobria, cerrada, íntima. Todo apunta a un destino devocional privado. No fue concebida para un retablo, sino para un oratorio doméstico o tal vez un convento femenino, donde el recogimiento y la meditación eran parte esencial de la vida cotidiana. Esta línea se inscribe en la corriente de espiritualidad ignaciana que dominaba el ambiente cofrade sevillano, donde se valoraban las imágenes que facilitaban la introspección y el examen de conciencia.

El soporte original, una tabla de pino rojo ibérico ensamblada con uniones tipo macho-hembra, se encuentra estable, con una preparación delgada que deja visible el gesto del artista. Un barniz antiguo, hoy suavemente ambarino, envuelve la escena con una pátina justa, sin apagar los matices. El estado de conservación es notable: presenta un craquelado fino propio de su edad, sin levantamientos activos. En el reverso se observan señales de antiguos xilófagos ya inactivos, tratados eficazmente hace décadas. Algunos retoques menores se aprecian con luz ultravioleta, especialmente en la caña y en partes del manto, pero están bien integrados.

Iconográficamente, esta obra remite a una tipología muy precisa: Cristo como “Varón de Dolores” sentado, inmediatamente después de la flagelación, aún sujeto y coronado de espinas, en el momento exacto en que los soldados romanos se burlan de él. La caña, símbolo de su “cetro”, y el fondo sombrío con un ventanal enrejado evocan el espacio cerrado de la Torre Antonia, prisión tradicionalmente asociada con esta escena. El rojo del manto, más que una prenda, es símbolo de la sangre, la pasión y también de la realeza espiritual de Cristo, que asume su destino con una fuerza interior que trasciende el sufrimiento físico.

Este tipo de imagen tuvo una gran difusión en la Sevilla barroca, en parte por la influencia de las estampas flamencas –en especial las antuerpienses– que llegaron a España en la segunda mitad del XVII. A través de ellas, los talleres sevillanos adoptaron composiciones que servían como soporte para la meditación, especialmente en el contexto de los Ejercicios Espirituales de San Ignacio de Loyola. El rostro de este Cristo, sereno a pesar del tormento, era un espejo para el alma: un modelo de paciencia, una imagen que invitaba a la aceptación del dolor y al recogimiento personal.

Durante los episcopados reformistas del siglo XVII, especialmente bajo prelados como Palafox, se impulsó la producción de este tipo de obras, consideradas más efectivas para la devoción íntima que las imágenes de teatralidad exaltada. Esta representación en particular refleja esa tendencia: una espiritualidad sobria, serena y profundamente emocional, más interesada en mover el corazón que en deslumbrar el ojo. Con el paso del tiempo, esta iconografía evolucionaría hacia formas escultóricas procesionales, como los Cristos de la Humildad y Paciencia tan presentes en la Semana Santa andaluza.

El marco que acompaña a esta pieza es una moldura dorada al agua, de principios del siglo XX, tallada a mano con motivo “ova y dardo”, que presenta leves abrasiones y retoques discretos, pero conserva su elegancia y carácter. En el reverso de la tabla, se distingue de forma tenue una inscripción con el nombre “Alonso Cano”. Aunque no puede atribuirse directamente al maestro –la factura no alcanza su nivel ni hay evidencias materiales claras–, la inscripción sugiere la admiración por su estilo y la cercanía estética del autor con su lenguaje pictórico.

En definitiva, se trata de una obra excepcional tanto por su calidad artística como por su capacidad de emocionar. Es una pintura que detiene el tiempo, que interpela desde el silencio y que transforma cualquier espacio donde se coloque. Ideal para su reintroducción en una iglesia, para el culto en una parroquia o como pieza central de una colección privada de arte sacro, esta obra trasciende su época: sigue hablando al corazón de quien la contempla.

Medidas: 32,5 x 26 cm (12,8 x 10,24 in). Marco: 40,5 x 34,3 cm (15,94 x 13,5 in).


Precio : 3500 €
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